Desde su pantalla de inicio, Shadow Labyrinth deja en claro que no estamos ante una historia convencional. Un adolescente absorto en su consola portátil desaparece de la realidad y despierta en una cápsula, atrapado en un mundo extraño, silencioso y ajeno a todo lo conocido. De esa cápsula emerge un avatar sin rostro, sin palabras, cubierto por completo. Somos nosotros. Y somos el último recurso de Puck. Puck, una esfera flotante de tono amarillo con nombre prestado de los primeros días de Pac-Man, nos recluta para recuperar algo perdido hace décadas. Treinta años de espera que se traducen en una aventura de quince horas si vamos al grano, y que fácilmente se duplica si buscamos explorarlo todo. Aunque su productor evita etiquetarlo como metroidvania, lo cierto es que cumple todos los requisitos del género: mapa laberíntico, habilidades progresivas, enemigos desafiantes y secretos ocultos por doquier. Pero lo que lo distingue realmente es su obsesión por el legado de Pac-Man.
A primera vista, el juego parece una aventura de acción y plataformas en 2D con un aire sombrío. Sin embargo, debajo de su superficie se esconde un elaborado homenaje al universo Namco, disfrazado de combate futurista. Aquí, el combate se vuelve más interesante cuando usamos a GAIA, un mecha cuadrúpedo que sustituye la barra de vida del protagonista por una energía que se recarga… devorando enemigos. No importa si son criaturas alienígenas, animales mutantes o humanoides, todos son presa. Y si eso suena ligeramente perturbador, espera a ver cómo Puck y el espadachín se fusionan tras derrotar a un jefe para convertirse en una versión demoníaca y gigantesca de Pac-Man. Lo que sigue es una escena que mezcla asombro con incomodidad. Otro momento memorable es el contacto con las “D-lines”, unas líneas láser que imitan los corredores de los laberintos clásicos. Aquí, el protagonista se convierte en Mini-Puck y la jugabilidad cambia por completo, obligándonos a seguir rutas predefinidas mientras recogemos pac-gommes (la moneda del juego). A veces, estas líneas conducen a rutas alternativas; otras veces, son la puerta a laberintos especiales donde debemos recoger frutas, derrotar fantasmas gigantes y correr contra el reloj. Es el clásico gato y ratón de Pac-Man, reimaginado con una capa de complejidad y precisión que, en los mejores casos, resulta brillante… y en los peores, frustrante.
Porque aunque la intención es loable, la ejecución a menudo tropieza. El control de Mini-Puck en las D-lines puede volverse torpe cuando hay que saltar entre líneas o atacar enemigos. Y cuando las mecánicas exigen precisión —como en los laberintos cronometrados contra jefes fantasmas— cualquier error se paga caro. La confusión reina cuando el personaje se mueve por techos o paredes laterales, y más aún cuando intentamos absorber a un enemigo vencido y fallamos por culpa de controles poco pulidos. Ese desequilibrio también se traslada al diseño general del mapa. Shadow Labyrinth busca activamente desorientar al jugador, y lo logra… a veces demasiado bien. Es común tomar una ruta, solo para que se bifurque una y otra vez hasta perder toda noción de rumbo. La ausencia casi total de marcadores, incluso para la misión principal, convierte la exploración en una tarea tediosa. Y aunque se pueden colocar marcadores personalizados, su utilidad es limitada: son simples colores sin espacio para anotar motivos.
Ejemplo claro: tras horas de juego, descubrimos que necesitábamos el doble salto para avanzar, pero no teníamos idea de dónde conseguirlo. Seis horas más tarde, y tras una intensa revisión de zonas “más o menos” exploradas según el vago sombreado del mapa, por fin lo encontramos. El juego parece penalizar a quien no sea metódico o a quien se aleje unos días y olvide en qué punto del laberinto quedó. Eso sí, hay una redención: las cápsulas de evacuación. Ítems valiosos que permiten teletransportarse desde cualquier lugar a los puntos de guardado. Un respiro bienvenido en un mundo que rara vez ofrece concesiones. A nivel visual, los escenarios —inspirados por los concept art de Kazuma Koda (NieR: Automata)— ofrecen biomas con identidad propia: naves, árboles gigantes, volcanes, ruinas. Aunque eso sí, los entornos cavernosos o rocosos tienden a parecerse demasiado entre sí. La ambientación sonora corre a cargo de Katsuro Tajima, veterano de Tekken y Katamari Damacy, y si bien no hay melodías memorables, el acompañamiento atmosférico cumple su función.
Narrativamente, el juego no apunta a la espectacularidad, pero sí a la nostalgia. La relación entre Puck y el espadachín, sumada a los documentos coleccionables que expanden el lore, construyen un relato de ciencia ficción postapocalíptico que funciona mejor cuando se observa con lentes meta. Porque en realidad, Shadow Labyrinth no es solo sobre Pac-Man, sino sobre todo el legado de Namco. Hay referencias escondidas a Dig Dug, Bosconian y más títulos arcade clásicos. Incluso los detalles más sutiles, como que el espadachín sea el número 8 (en alusión al ítem “llave” del Pac-Man original), o el uso del número 256 (un guiño al famoso bug del juego), refuerzan esta conexión profunda con la historia del videojuego japonés.