Pipistrello and the Cursed Yoyo logra combinar de manera brillante dos mundos que suelen caminar en paralelo: el diseño de mazmorras característico de los Zelda clásicos en 2D y la progresión no lineal y desafiante propia de los metroidvania. El resultado es una experiencia cautivadora, visualmente encantadora y jugablemente rica, que se convierte en un festín tanto para los nostálgicos como para quienes buscan un buen reto. Desde el arranque, el juego deja ver su amor por la era dorada de las consolas portátiles. La secuencia inicial, en la que encendemos una consola ficticia que recuerda a la GBA para insertar un cartucho similar a uno de Switch, no solo es un guiño estético, sino también una declaración de intenciones.
Todo el apartado visual está trabajado con esmero, con un pixel art colorido y lleno de vida que remite a los mejores títulos de los 2000, pero con un nivel de detalle y animación que claramente pertenece a una generación más moderna. Incluso hay pequeñas sorpresas visuales que aportan frescura a cada partida. La estructura general de la aventura se basa en recorrer cuatro zonas principales, cada una con su propio entorno, mecánicas, objetos clave y mazmorras. Aunque la fórmula de recolectar ítems para acceder al área final puede sonar familiar, la forma en que cada sección propone nuevos desafíos mantiene la experiencia constantemente renovada. La variedad en el diseño de niveles es notable, con acertijos bien pensados y situaciones que invitan a la experimentación.
A esto se suma una banda sonora dinámica que cambia según la situación y el entorno, reforzando la inmersión y subrayando el cuidado en cada aspecto de la ambientación. No obstante, tanta atención al detalle viene acompañada de una dificultad considerable. El juego no da muchas pistas y espera que el jugador observe, deduzca y actúe por cuenta propia. Los enemigos atacan sin piedad desde los primeros compases, y la curva de aprendizaje se vuelve cada vez más pronunciada. A medida que se avanza, la precisión en el control se vuelve esencial, y no es raro encontrarse ante secciones que exigen reflejos, cálculo y dominio de mecánicas de movimiento al nivel de un juego de plataformas extremo. Esto, combinado con ciertas decisiones de diseño, puede hacer que el reto se vuelva agotador si no se cuenta con la paciencia suficiente.
Entre los puntos más discutibles se encuentran algunas mecánicas que no terminan de encajar con fluidez. El sistema de viaje rápido, por ejemplo, es limitado y requiere pago, lo que desincentiva su uso. Las mejoras de personaje suelen implicar penalizaciones desproporcionadas, y conseguir una ampliación de salud requiere reunir demasiados fragmentos.