TheReview – Monster Hunter Stories 3: Twisted Reflection
Monster Hunter Stories 3: Twisted Reflection se presenta como una evolución ambiciosa dentro de esta línea paralela de la saga, apostando por refinar las bases establecidas en entregas anteriores mientras introduce nuevas capas de profundidad. Desde el primer momento, queda claro que se trata de un RPG por turnos que no busca reinventarse por completo, sino consolidar su identidad a través de sistemas más complejos y un mundo más amplio. El resultado es una experiencia muy sólida, aunque no exenta de ciertos tropiezos que contrastan con sus propias aspiraciones.
La historia, como ya es tradición, gira en torno a un nuevo Rathalos y su Rider, una fórmula que la serie ha convertido en su sello distintivo. Aunque el punto de partida plantea un conflicto interesante —con tensiones entre reinos y una amenaza ambiental en expansión—, el desarrollo no termina de aprovechar todo su potencial. Las primeras horas sugieren una narrativa más madura, con implicaciones políticas y un trasfondo más denso, pero conforme avanza la aventura, el enfoque se desplaza hacia una experiencia más ligera centrada en la exploración. Los temas iniciales no desaparecen, pero sí pierden peso, resolviéndose de forma más superficial de lo que prometían.
Donde el juego realmente brilla es en su mundo. Las distintas regiones ofrecen mapas abiertos variados, llenos de vida y con ecosistemas diferenciados que invitan a recorrerlos con calma. La exploración se ve enriquecida por las habilidades de los Monsties, que permiten interactuar con el entorno de múltiples formas: desde escalar o volar hasta acceder a zonas ocultas mediante túneles o habilidades específicas. Esta variedad no solo aporta dinamismo, sino que refuerza la sensación de aventura constante. Sin embargo, en el tramo final, el diseño pierde parte de esa riqueza, optando por una estructura más lineal que rompe con la libertad mostrada anteriormente.
El sistema de combate mantiene la base clásica del “piedra, papel o tijera” entre tipos de ataque, lo que sigue funcionando como un núcleo estratégico claro y efectivo. A esto se suman habilidades especiales, el uso de distintas armas según las debilidades del enemigo y mecánicas como el combate montado, que añade una capa adicional de riesgo y recompensa. La incorporación de nuevas dinámicas, como ataques sincronizados tras debilitar a los enemigos, aporta variedad a los enfrentamientos, aunque en la práctica algunas decisiones de balance hacen que ciertas criaturas, especialmente el Rathalos principal, destaquen demasiado, reduciendo la necesidad de experimentar con el resto del equipo.
Uno de los aspectos más interesantes es la gestión de los Monsties y sus hábitats. Más allá de recolectar huevos, el juego introduce un sistema que permite influir directamente en el desarrollo de las criaturas según el entorno en el que se crían. Esto abre la puerta a combinaciones más complejas, incluyendo la posibilidad de obtener criaturas con atributos mixtos, lo que añade una capa estratégica considerable. A esto se suma la personalización mediante la transferencia de habilidades, un sistema que ya era conocido, pero que aquí alcanza un mayor nivel de profundidad.
El progreso y la obtención de equipo siguen la filosofía clásica de la franquicia, con un componente de recolección y mejora constante. Aunque el “grindeo” está presente, no resulta excesivamente invasivo, ya que el juego permite avanzar sin necesidad de optimizar cada aspecto. La elección del equipo, eso sí, sigue siendo clave, ya que las armas y habilidades influyen más en el rendimiento que el propio nivel del personaje, reforzando el componente estratégico en combate. En el apartado sonoro, el trabajo es correcto, pero poco memorable. Cumple su función sin destacar especialmente, acompañando la experiencia sin dejar una huella clara.