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Hell is Us no es un juego que busque complacer con facilidades. Rogue Factor plantea una aventura de exploración y combate en la ficticia nación de Hadea, un territorio aislado, desgarrado por guerras internas y marcado por una división religiosa que enfrenta desde hace siglos a los palomistas ultraconservadores y a los sabinianos progresistas. En este contexto aparece Remi, un exsoldado que regresa a la tierra de la que huyó siendo niño con la esperanza de encontrar a sus padres. Pero lo que parece una historia personal pronto se revela como una excusa para introducir al jugador en un viaje más amplio, donde la verdadera protagonista es la propia Hadea y sus habitantes.

El mundo diseñado por Rogue Factor no escatima en crudeza: aldeas arrasadas, familias mutiladas y comunidades enteras colgadas de los árboles se presentan como un retrato sin filtros de la barbarie humana. A este trasfondo bélico se suma la aparición de criaturas enigmáticas conocidas como Hollow Walker, seres sin rostro que, según las escrituras sagradas, llegan a purgar los pecados de los hombres. Descubrir su origen y comprender su relación con la guerra se convierte en uno de los ejes centrales de la experiencia.

La exploración es el corazón del juego. No existen mapas ni indicadores en pantalla; el avance depende de la atención que el jugador preste a los diálogos y a las pistas del entorno. Resolver acertijos, tomar notas y observar con detenimiento son acciones necesarias para progresar, lo que genera una sensación de descubrimiento constante, aunque también puede desembocar en frustración cuando una pista perdida bloquea el avance durante horas. Esta apuesta recuerda a los Zelda clásicos, con un énfasis absoluto en la observación y la intuición.

Sin embargo, no todo brilla con la misma intensidad. El sistema de combate, pese a contar con muchas mecánicas —ataques ligeros, cargas, paradas, gestión de energía e incluso el apoyo de un dron—, nunca llega a cuajar. Los enfrentamientos contra enemigos poco variados y con patrones predecibles se vuelven repetitivos con rapidez, y la ausencia de batallas contra jefes limita aún más la tensión. Aunque intenta beber de la fórmula de los souls, la dificultad es baja y la muerte apenas supone un contratiempo.
Donde Hell is Us logra brillar es en su atmósfera. Las ruinas de ciudades devastadas, los castillos subterráneos iluminados por la luz de un dron y los bosques cubiertos de neblina transmiten un aire inquietante, cercano a la ciencia ficción oscura de Annihilation. El apartado sonoro, dominado por sintetizadores sombríos y efectos distorsionados, refuerza esa sensación de alienación y soledad. Incluso las misiones secundarias, como salvar a supervivientes o cerrar anomalías espacio-temporales, aportan piezas valiosas al trasfondo del mundo.