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Dragon Quest VII Reimagined confirma la intención de Square Enix de relanzar los grandes clásicos de la saga con un enfoque moderno. Tras los remakes de la trilogía de Erdrick, esta nueva versión del séptimo episodio apuesta por una transformación más profunda, alejándose del estilo HD-2D para establecer un nuevo estándar visual y jugable dentro de los remakes de la compañía. Bajo la supervisión creativa de Yūji Horii, el proyecto busca atraer tanto a veteranos como a nuevos jugadores. La historia se distingue por su tono melancólico e introspectivo. El mundo comienza reducido a una sola isla, cuyos habitantes creen que no existe nada más allá del océano.

El hallazgo de antiguas ruinas y fragmentos de tablillas revela que otros continentes fueron borrados del tiempo. Al recomponerlos, el protagonista y su grupo viajan al pasado para presenciar tragedias, errores humanos y conflictos marcados por fanatismo y traición. Cada región recuperada cuenta una historia independiente, y solo en las fases avanzadas se unifica todo en un conflicto mayor. El resultado es una narrativa que habla más de reconstrucción y responsabilidad que de una épica heroica tradicional, aunque su inicio lento exige paciencia por la gran cantidad de diálogos y trayectos. En el apartado jugable, el remake introduce cambios sustanciales para actualizar la experiencia sin perder su identidad.

Se eliminan casi por completo los encuentros aleatorios y los enemigos pasan a ser visibles en el mapa, lo que permite decidir cuándo combatir. Además, se incorporan amplias opciones de personalización de la dificultad y del ritmo de progreso, haciendo que el título sea accesible para distintos perfiles de jugador sin romper el equilibrio general. La cámara vuelve a tener un papel clave, con rotación libre en pueblos y mazmorras para facilitar la exploración y la búsqueda de secretos. El sistema de vocaciones regresa con mayor profundidad, permitiendo especializar a los personajes en distintas clases que se desbloquean progresivamente y ofrecen habilidades cada vez más variadas.

Esto genera un grupo flexible y adaptable, con libertad para cambiar estrategias según la situación. La exploración sigue siendo el eje central del juego. Ciudades medievales, torres y mazmorras forman un mundo amplio y bien estructurado. El diseño de niveles resulta más claro y legible que en anteriores remakes, con mapas útiles y orientación constante por parte de los compañeros. Los calabozos mantienen una estructura vertical con múltiples rutas secundarias y cofres ocultos, pero evitan la sensación de desorientación.
En lo visual, el nuevo estilo artístico apuesta por personajes de aspecto más estilizado y expresivo, reforzando el tono de cuento fantástico característico de la saga. La ambientación mantiene coherencia con la identidad clásica de Dragon Quest, pero con un acabado más actual. El apartado técnico destaca por su estabilidad y fluidez constante durante las largas horas de juego, sin problemas de rendimiento apreciables.