Donkey Kong Bananza llega con una responsabilidad nada menor: ser el embajador perfecto de la nueva generación de Nintendo y llenar, aunque sea temporalmente, el vacío que ha dejado la ausencia de un nuevo Mario. Si bien las primeras impresiones generaron dudas, bastaron unos minutos con el juego en las manos para entender que estamos frente a uno de los mejores títulos de plataforma-aventura que ha parido la Gran N en años recientes. Desde su premisa, el juego deja claro que DK no está aquí para rescatar princesas ni buscar gloria. Lo suyo son las bananas… muchas bananas. Así, cuando una isla entera repleta de dorados racimos le es arrebatada por una codiciosa y chillona monita al mando de la Void Company, la furia del gorila se desata. Para recuperar su tesoro perdido, Donkey tendrá que excavar hasta el mismísimo núcleo del planeta, en busca de un mítico objeto capaz de conceder deseos.
El título se estructura en más de quince niveles principales de tipo “open-map” acompañados por una buena dosis de subniveles, todos repletos de secretos, desafíos y caminos alternativos. Esta nueva aventura puede entenderse como una reinterpretación tropical del “Infierno” de Dante, solo que aquí los círculos son coloridos micro-mundos al estilo Galaxy u Odyssey, y las almas perdidas son curiosas criaturas que, más que enemigos, aportan vida y personalidad al entorno. Acompañado por una joven Pauline —representada aquí como una enigmática figura de piedra—, DK emprende su cruzada con un objetivo claro: restaurar su paraíso bananero, cumplir su deseo y vengarse de quienes lo arrebataron todo. En su camino, la destrucción es tanto un medio como un fin. Romper muros, aplastar estructuras y derribar enemigos se convierte en una parte esencial y profundamente divertida del gameplay, y por si fuera poco, el juego incluye una opción para restaurar lo destruido, garantizando que nunca se bloquee el progreso.
Una de las mayores fortalezas de Bananza es el uso constante e ingenioso de las transformaciones. Desde el imponente Gorillone hasta poderes más ágiles como los del avestruz o la cebra, cada habilidad desbloqueada amplía las posibilidades de exploración y combate. Lo mejor es que estas no quedan relegadas tras su introducción: el juego incentiva su uso en todos los niveles, incluso en aquellos ya superados, fomentando la rejugabilidad y la búsqueda de coleccionables. Su activación se gestiona a través de medidores recargables con pepitas de oro, asegurando fluidez sin romper el ritmo. Además, cada nivel esconde un sinfín de actividades secundarias: desafíos contrarreloj, carreras en vagones mineros, surf sobre espinas, excavación de fósiles, destrucción masiva estilo Rampage, minijuegos artísticos y más. Todo se puede jugar en solitario o en modo cooperativo local, donde un segundo jugador toma el control de Pauline. Eso sí, este modo brilla más como acompañamiento para jugadores más jóvenes o inexpertos.
Visualmente, Donkey Kong Bananza es un deleite: colores vibrantes, diseño artístico lleno de imaginación y escenarios que constantemente sorprenden. Hay momentos memorables —como los niveles que juegan con geles de transferencia de materia o secciones musicales— aunque no todos los mundos mantienen el mismo nivel de inspiración. Algunos, especialmente en la segunda mitad del juego, parecen menos pulidos o desaprovechados, como el fugaz circuito de Diddy y Dixie o el nivel rítmico que prometía mucho y entregó poco. Técnicamente, el juego se mantiene sólido, con algunos pequeños problemas como ángulos de cámara confusos al excavar túneles o glitches menores al pasar entre interiores y exteriores. También la dificultad general es bastante baja, incluso en combates contra jefes, lo que puede decepcionar a quienes busquen un reto mayor. Aun así, existen desafíos opcionales bien diseñados que exigen más precisión y dominio del sistema de juego.