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Terminar Elden Ring como un lobo solitario, curtido por la filosofía del “Git Gud”, siempre será una experiencia gratificante. Pero, como bien nos enseñó Solaire de Astora, a veces compartir el viaje puede hacer toda la diferencia. Nightreign, el nuevo spin-off cooperativo del universo creado por FromSoftware, no solo mantiene el ADN que convirtió al original en un fenómeno cultural, sino que se atreve a experimentar con un enfoque más táctico, más ágil… y peligrosamente impredecible. En esencia, Elden Ring: Nightreign nos lleva de regreso a un mundo que se siente familiar, pero al que le han retorcido el alma. Limveld, inspirado en la región de Limgrave, es el escenario hostil donde los jugadores —ya sea en solitario o en equipo de tres— deberán sobrevivir dos días, dos noches y enfrentar una batalla final contra uno de los imponentes Señores de la Noche.

Este nuevo formato no encaja del todo en un solo género. No es un roguelike, ni un soulsborne tradicional, ni un juego de caza como Monster Hunter, sino una amalgama que toma elementos prestados y los reinterpreta con astucia para crear algo único. Uno de los mayores aciertos del juego está en su elenco de ocho personajes jugables, conocidos como los Crepusculares. Cada uno tiene una identidad bien definida y mecánicas propias. Desde clases cuerpo a cuerpo como Guardián, Predador o la imponente Duchessa, hasta opciones de ataque a distancia como el arquero Ojo de Hierro o la hechicera Reclusa. Rediviva, la invocadora, cierra el grupo como un híbrido ofensivo y de soporte.

Cada personaje cuenta con un set de habilidades únicas: una pasiva, una activa con corto tiempo de recarga y una poderosa “Arte Suprema”, además de un arma distintiva. Experimentar con sinergias entre ellos y construir estrategias para cada expedición le da una profundidad táctica que se siente como una evolución natural del sistema de combate de Elden Ring, pero también como un juego que puede sostenerse por sí mismo. La acción comienza en la ya familiar Rocca de la Mesa Redonda, ahora convertida en un hub de gestión, personalización, entrenamiento y matchmaking. Al iniciar la expedición, el mapa se despliega siempre con la misma base, pero con ubicaciones claves repartidas de forma semialeatoria: ruinas, fortalezas, iglesias, minas y santuarios.

El objetivo es claro: aprovechar el día para farmear recursos, mejorar el equipo y recolectar amuletos antes de que la noche caiga y los jefes de evento —muchos de ellos reciclados de Elden Ring, con algunos cameos de Dark Souls— tomen el control del campo. La muerte, por supuesto, acecha en cada rincón. Si un compañero logra revivirnos a tiempo, evitamos perder nuestras valiosas runas y el nivel acumulado. De lo contrario, el castigo es severo y permanente. La segunda jornada sigue una lógica similar, pero con enemigos más peligrosos y un ritmo aún más acelerado. Superarla significa enfrentarse finalmente a uno de los ocho Señores de la Noche, auténticos colosos que destacan no solo por su escala y diseño, sino también por lo brutal de sus mecánicas. En la tradición FromSoftware, son combates tan espectaculares como despiadados.

Para sobrevivir, muchos equipos terminan adoptando una táctica de “langosta”: saquear rápidamente todo lo que puedan antes de que el tiempo se agote. Cada ubicación tiene un número limitado de jefes posibles, lo que ayuda a memorizar patrones, pero también puede volver al juego algo rutinario. A diferencia de un roguelike con mapas proceduralmente generados, aquí la familiaridad se convierte en arma de doble filo. Tras varias derrotas consecutivas, Nightreign puede caer en un loop algo repetitivo, al menos hasta que llegue el prometido DLC con nuevos biomas. La variedad ambiental también depende de modificadores aleatorios: las llamadas Tierras Cambiantes (variaciones visuales y mecánicas del mapa) o los temidos Cataclismos, que pueden incluir invasiones de enemigos, copias de otros jugadores… o enjambres de langostas que roban niveles si no se eliminan con rapidez. Curioso, sí, pero frustrante en más de una ocasión.
Aunque el juego puede jugarse en solitario, Nightreign fue claramente diseñado con la cooperación en mente. Jugar con dos amigos y coordinarse por chat de voz eleva la experiencia: permite adaptar estrategias sobre la marcha y aprovechar al máximo las habilidades de cada Crepuscular. La sinergia, en este contexto, puede ser más valiosa que cualquier build. En cambio, el matchmaking online deja mucho que desear. La limitada comunicación in-game convierte muchas expediciones en un caos de decisiones apresuradas y derrotas inevitables. Y si bien en solitario el juego ajusta ligeramente la dificultad, sigue siendo una experiencia tensa, más apta para veteranos de los Souls que para novatos.