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El anuncio de DOOM: The Dark Ages encendió los ánimos como era de esperarse. Pero más que prometer otro capítulo más de acción descontrolada y metal a todo volumen, este nuevo título se presenta como un giro decisivo en la saga: un punto de inflexión que redefine los principios fundamentales de la franquicia, sin olvidar sus raíces. Esta vez no hablamos de una secuela, sino de un precuela narrativa que nos lleva a una era remota, brutal y cargada de simbolismo, en la que se forja la leyenda del Slayer. Su origen, su furia, su naturaleza como máquina de guerra se exploran en una historia que, aunque no busca robarse el protagonismo del gameplay, construye un trasfondo potente para esta cruzada eterna contra las fuerzas del infierno.

Aunque pocos juegan DOOM por su historia, en esta entrega el componente narrativo cobra un protagonismo inédito. Nos encontramos con un Slayer en sus primeros días: no el símbolo de caos desatado que ya conocemos, sino una arma al servicio de los Maykr, restringido por un dispositivo implantado en el pecho que lo mantiene bajo control, liberado solo cuando las circunstancias lo exigen. Las legiones de Sentinelas lo veneran con temor, conscientes de que su furia es tan efectiva como impredecible. Mientras tanto, los Maykr lo consideran un instrumento de su voluntad divina, una criatura moldeada con poder celestial… aunque claramente no han calculado el costo de manipular a una bestia tan violenta. La historia se desarrolla en medio de una tensa alianza entre los Maykr y las Sentinelas, con el Slayer como moneda de cambio. Cada batalla que libra lo acerca un poco más a liberarse, y el equilibrio entre los bandos se vuelve cada vez más frágil. En este marco aparece Ahzrak, un joven demonio que se perfila como el principal antagonista. A diferencia de sus congéneres, no teme al Slayer, y tiene un objetivo claro que perseguirá cueste lo que cueste. La confrontación es inevitable.



La ambientación es uno de los elementos más impactantes del juego. Lejos de los laboratorios marcianos o paisajes infernales clásicos, The Dark Ages apuesta por una fusión estilística que combina fortalezas medievales, tecnología decadente y arquitectura corrupta por la influencia demoníaca. Castillos, portales místicos, artefactos de guerra y nidos de carne infernal se entremezclan con estructuras futuristas y armas híbridas. El bestiario refleja esta mezcla con enemigos que son verdaderos engendros biomecánicos: demonios cubiertos de armaduras que deben ser destruidas por capas, criaturas grotescas con formas humanoides, y colosos que parecen salidos de una pesadilla steampunk. Todo transmite una violencia primitiva amplificada por la estética retrofuturista, un mundo donde pasado y futuro colisionan para dar paso a un festín de sangre, acero y fuego. Es posible crear desafíos extremos o experiencias más accesibles con solo ajustar unas cuantas variables. Esta personalización favorece tanto a los veteranos como a quienes recién se inician en la saga.

La innovación más contundente de DOOM: The Dark Ages es el giro en su filosofía de combate. Mientras que DOOM (2016) se basaba en el “run and gun” y DOOM Eternal en el “jump and shoot”, esta entrega introduce el concepto de “stand and fight”. No significa que la acción se vuelva lenta o estática, sino que ahora el juego premia mantenerse firme, resistir el embate y contraatacar con precisión brutal. El foco está en dominar el caos sin necesidad de moverse constantemente, analizando patrones enemigos y tomando decisiones rápidas con base en el ritmo del combate. Esto se ve reforzado por una de las armas más emblemáticas del juego: el escudo-sierra. Una herramienta ofensiva y defensiva en igual medida. Sirve para parar ataques, realizar contraataques con parry, stunear enemigos, obtener recursos e incluso puede ser lanzado para destrozar líneas enemigas. Cuando se potencia, adquiere propiedades especiales como rebote o perforación, y permite jugadas estratégicas espectaculares.

La complejidad táctica aumenta aún más cuando se enfrentan enemigos con escudos: algunos deben ser sobrecalentados para abrir una ventana de ataque, otros pueden ser destruidos con armas especiales como el Acelerador, y en ciertos casos, destruir a uno provoca una reacción en cadena que afecta a todos los de su clase. Cada encuentro se convierte así en un rompecabezas sangriento, donde la eficiencia depende de conocer al enemigo, usar el entorno y combinar armamento con inteligencia. Lo que hace que DOOM: The Dark Ages funcione tan bien es que, a pesar de cambiar muchas cosas, sigue siendo completamente DOOM. Las nuevas mecánicas no sustituyen la adrenalina característica de la saga, sino que la enfocan desde otro ángulo. El frenetismo sigue ahí, pero ahora se mezcla con toma de decisiones más tácticas, uso estratégico del escudo, control del espacio y dominio del ritmo de combate.
Incluso la exploración y el movimiento se benefician del escudo, que se convierte en una extensión natural del Slayer. La ambientación, el diseño de niveles, la variedad de enemigos y un arsenal que mezcla lo medieval con lo high-tech dan vida a una experiencia que se siente tan nueva como familiar. Solo un estudio como ID Software se atrevería a reimaginar una saga tan icónica con una propuesta tan arriesgada y salir victorioso. DOOM: The Dark Ages no solo es un gran juego de acción, sino también una carta de amor brutal y elegante a todo lo que ha hecho grande a la franquicia.