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Cuando el mes pasado, Xbox Game Studios, al final de su presentación, anunció Call of Duty: Black Ops 7 con un tráiler que jugaba al despiste, la recepción fue más bien fría. Esto en parte se puede atribuir a que el momento final, ese “una cosa más”, se suele reservar para grandes sorpresas o proyectos muy ambiciosos. Después de más de veinte años y otros tantos títulos en el mercado, Call of Duty no es ni lo uno ni lo otro, sino una obligación fiduciaria más que otra cosa. Una megafranquicia que no se puede perder su cita anual con el público masivo durante la campaña navideña, pase lo que pase.
Ya sean juegos desarrollados con mimo y tiempo suficiente, o refritos cosidos a toda prisa, siempre tienen que salir por las mismas fechas. Su cadencia es tan segura como el lanzamiento de los grandes títulos deportivos, a pesar de que el juego hace lo posible por alternar entre ambientaciones y mecánicas. O por lo menos lo intentaba hacer. Blacks Ops 7 es una secuela directa al juego del año pasado. Y no es la primera vez que pasa, sino la segunda. Si estudiamos todos los lanzamientos desde una perspectiva más amplia, podemos detectar unos cambios sustanciales que evidencian un cambio de actitud.
El primer Call of Duty salió al mercado en el año 2003. El juego, desarrollado por Infinity Ward, se presentó como un sucesor espiritual de Medal of Honor. El primer juego funcionó muy bien, pero fue realmente su secuela, estrenada junto a la novedosa Xbox 360, lo que convenció a Activision de que tenían una potencial franquicia entre manos. Para satisfacer las demandas de un lanzamiento anual, la publisher reclutó a Treyarch y los puso a trabajar de manera paralela en sus propias entregas.