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Desde su primer minuto, este reboot de Painkiller arranca con un pretexto argumental casi de trámite: una invasión demoníaca amenaza con desbordar el Más Allá y poner en jaque al mundo de los vivos. Para contener el caos, el arcángel Metatrón encomienda la misión a cuatro héroes tan desconocidos como poco inspirados. Esa es prácticamente toda la chispa narrativa que recibirás.

Más allá de algunos intercambios breves entre los protagonistas y el mensajero divino, la historia se diluye con rapidez. La ambientación apocalíptica y sus referencias religiosas sirven más como telón de fondo que como motor dramático. Los personajes secundarios aportan poco, los giros son previsibles y la trama existe solo para justificar la acción, no para involucrar emocionalmente al jugador. Quien esperaba una reinterpretación del mito original o una narrativa con verdadero peso, aquí encontrará una experiencia funcional y fácilmente olvidable.

Si Painkiller fue recordado por algo, es por su gameplay puro y crudo. Este nuevo intento se mantiene, en cierta forma, fiel a esa filosofía, aunque adopta estructuras más actuales. Las batallas suceden en arenas cerradas con oleadas de enemigos, priorizando el movimiento constante, los reflejos rápidos y la agresividad sin descanso. El desplazamiento es ágil, y el ritmo rara vez decae. El arsenal cumple con los estándares del género, aunque el impacto no siempre convence: algunas armas carecen de esa contundencia que uno espera de un buen boomer shooter, restando intensidad al combate.
El progreso de niveles es lineal y la sensación de repetición aparece pronto. En unas tres horas es posible ver prácticamente todo lo que el juego ofrece, y aunque los jefes y objetivos menores intentan variar el ritmo, la fórmula no tarda en desgastarse. Además, el enfoque en el modo cooperativo elimina la posibilidad de disfrutar una campaña realmente en solitario, pues incluso offline te acompañarán bots. La presentación visual es, sin duda, uno de sus puntos fuertes. Catedrales góticas, desiertos abrasadores, fábricas corroídas y laberintos orgánicos conforman escenarios con identidad clara y buena dirección artística, aunque sin escapar del déjà vu propio del dark fantasy contemporáneo.