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Dying Light: The Beast marca un giro decisivo en la dirección artística y narrativa de la saga, alejándose de la luminosidad y verticalidad extrema de Dying Light 2 para abrazar nuevamente las atmósferas opresivas, claustrofóbicas y desesperadas que hicieron del primer juego un referente del action horror en primera persona. En lugar de las ciudades soleadas y amplias, ahora el jugador explora paisajes rurales, boscosos y pantanosos, donde la naturaleza, abandonada por el hombre y corrompida por el virus, se convierte en un enemigo constante.

El eje del juego vuelve a ser Kyle Crane, cuyo destino, deliberadamente ambiguo tras los eventos del primer título, se convierte en el motor de la historia. Su transformación parcial en una criatura no del todo humana define la experiencia: un ser atrapado entre dos mundos, con fragmentos de humanidad aún presentes, pero cada vez más cerca de perderse por completo. Esta dualidad alimenta tanto la narrativa como la jugabilidad: el jugador alterna entre un superviviente ingenioso y vulnerable y la “bestia”, poderosa pero inestable, generando tensión en cada enfrentamiento y decisión.

El parkour y el combate cuerpo a cuerpo siguen siendo la columna vertebral de la serie, pero aquí refinados de manera notable. El movimiento es más fluido y reactivo gracias a mejoras en animaciones, físicas y al diseño de escenarios, que aunque menos verticales, ofrecen gran variedad de obstáculos y rutas alternativas. Escalar rascacielos deja paso a deslizamientos por el barro, trepadas por ramas rotas y saltos sobre barreras naturales, manteniendo la sensación de libertad y diversión.

La jugabilidad se enriquece con situaciones diversas: exploración pausada, persecuciones tensas, emboscadas y enfrentamientos con jefes que combinan desafío y espectáculo visual. El sistema de combate ha sido revisado: las armas, todavía basadas en crafting, son más equilibradas, con impactos más físicos y un sistema de daños contextuales que produce efectos creíbles y sangrientos. Los infectados actúan en grupo, se adaptan al entorno y representan amenazas estratégicas; de noche, su agresividad y rapidez aumentan, reforzando la tensión característica de la serie. Uno de los añadidos más interesantes es la nueva modalidad de “bestia”, que no solo ofrece poderes temporales, sino un estilo de juego propio.

Usar estas habilidades puede inclinar la balanza en los enfrentamientos más complicados, pero cada activación acerca a Kyle a la pérdida de su humanidad. Esta tensión entre control y poder permea la experiencia y se refleja incluso en decisiones morales y tácticas que afectan la historia y la reacción de los NPC. Las misiones secundarias, aunque no siempre brillantes, logran expandir el mundo con pequeños arcos narrativos, mientras que la campaña principal, completable en menos de veinte horas, se complementa con secretos, actividades extra y desafíos diarios, ofreciendo una experiencia completa y longeva, especialmente con la posibilidad de cooperativo.
Visualmente, The Beast representa una evolución respecto a sus predecesores: personajes detallados, texturas cuidadas y una iluminación dinámica que aporta carácter y atmósfera a cada zona. Los entornos naturales cobran vida con luces y reflejos realistas, y el diseño de criaturas alcanza un nivel inquietante notable. Las animaciones faciales no son perfectas, pero el conjunto resulta convincente, con un framerate estable incluso en escenas intensas.